martes, 30 de mayo de 2017

Palabras de Pablo Serr en la presentación de El cajón de las manzanas podridas

El cajón de las manzanas podridas, de Paula Irupé Salmoiraghi
Baltasara editora, Rosario, 2016

Es un honor para mí presentar este nuevo trabajo de Paula. Y lo es por más de un motivo. El más importante es que cuando empecé a leer el libro, ya no pude dejar de hacerlo. Es lo que espero que me suceda siempre que me pongo a leer poesía: empezar y no poder parar. Porque una lectura así me lleva inexorablemente a una relectura, y releer es alcanzar otra dimensión de la lectura, en la que libro y lector se entienden con sólo mirarse. Ya en esa instancia, la atención se permite ciertos juegos, ciertos desvaríos. Es cuando las palabras dejan caer sus velos, trasluciendo lo que en realidad son: sonido, ritmo, infinita profusión de sentido. En lo personal, releo solamente los libros que me traspasan, aquellos de los que no salgo como entré, y de los que no quiero salir tampoco. Aunque suene un poco romántico esto que digo, puedo asegurar que es lo que me pasó con El cajón de las manzanas podridas.
En lo que sigue —y prometo ser breve— voy a referirme a dos o tres aspectos del libro que considero particularmente destacables. Como ya observé en la reseña que puede leerse en la contratapa, creo que se trata, por sobre todas las cosas, de una obra auténtica, quiero decir, consciente —en la medida en que es esto posible— de sus dificultades, de sus obstáculos, de sus miedos, los cuales pueden palparse como verdaderas marcas en el cuerpo textual. El cuerpo textual no deja de ser un cuerpo físico, y ante esta certeza, lejos de huir, la escritura de Paula se mantiene fiel a sí misma, gozosa, me atrevo a decir también, de enfrentarse cada vez con su propia sombra, aunque le tema. Así nace, así se hace su poesía, logrando cada vez expresar, sin tachaduras, sin rechazos cobardes, lo que es urgente aunque no se deba. En sus poemas no hay lugar para conveniencias ni reparos, cada palabra está obligada a entablar batalla, desafiante y certera, contra las feroces voces de los otros. Leemos, por ejemplo, en “Sin miedo no vale” (24):
De nada sirve
elegir el camino del bosque
si una no tiene
miedo de encontrarse con el lobo.
Para no confundirse nunca con lo que no es, el conjunto de los textos demarca, así, un territorio de sólidas inestabilidades, desde donde alcanza su propio “podrido equilibrio”:
Ufa con el equilibrio
Si de verdad hay que
buscar el podrido equilibrio
ser equitativa
inequívoca
ecuánime
equilátera,

si hay que
a pesar de todo
hay que:

prefiero,
de todos los malditos equilibrios,
el inestable.

Como si la tabla donde piso
se apoyara en el agua
y mi cuerpo fuera un caramelo
que con la lengua
llevás y traés.
Hace poco leí el discurso que dio Yves Bonnefoy en la Feria del libro de Guadalajara, en 2013, un texto a la vez simple y extraordinariamente complejo, donde el poeta francés postula una cantidad de consideraciones sobre la poesía y su rol social que ciertamente dan para reflexionar una vida. Yo voy a detenerme en una cita que dialoga perfecto, o al menos eso me pareció, con este poemario de Paula. Dijo en aquella oportunidad Bonnefoy:
La poesía está para recordarnos que todas las palabras, incluidas las que usamos automáticamente o tanto que parecen gastadas y poco relevantes, son las responsables de la realidad. Para nosotros es importante la existencia de una tierra suficiente, benéfica, que nos permita dar un sentido a nuestra existencia, que nos permita estar unidos en un lugar donde exista la vida, aunque por momentos resulte surreal. Diría que la poesía habla sólo acerca de eso, en esencia. Fundamentalmente la poesía debe decir: “Existe una Realidad”, debemos ser parte del mundo, no debemos dejarnos llevar por esa distracción que nos hace aceptar nuestras existencias como algo abstracto o resignado a la irrealidad. ¡La poesía es aquello que exige la existencia del mundo!
Cuando tuve en mis manos El cajón de las manzanas podridas, por supuesto que lo primero que hice fue abrirlo, y ahí nomás me encontré con esta dedicatoria: A todo mi ecosistema doméstico y a cada uno de sus amantes seres. (Aclaro que cuando escribí la reseña de contratapa me facilitaron una versión digital del libro, que no contenía la dedicatoria. Fue una grata sorpresa encontrarla después.) El libro, como vemos, está dedicado a un lugar donde existe la vida, “una tierra suficiente, benéfica”, como quería Bonnefoy. De algún modo, el libro es también un ecosistema, un “sistema biológico constituido por una comunidad de seres vivos y el medio natural en que viven”, según nos enseñan en la escuela. Las fotografías que a lo largo del volumen se intercalan con la letra refuerzan este sentido íntimo, doméstico más bien (relativo a la casa, al hogar) de la obra. Hay un poema, muy breve, que me gustaría leerles ahora. Lleva por título “Querida poesía:” (16), y dice:
Caé sobre mí gota a gota
horadame
haceme porosa
que no se me note
el alma de piedra.
Los poemas de Paula, al menos los que conforman este “cajón de manzanas podridas”, parecen estar escritos como a contrapelo del mundo, pero es que están luchando ―palabra contra palabra― por un mundo más real, menos firme tal vez, menos cómodo, menos seguro, pero que no esté hecho con las voces de los otros, a las cuales el sujeto de estos poemas (voz femenina que se cuenta a sí misma como otra, también, de la que se dice), de tanto resistirlas, se ha vuelto impermeable. Yo me lo figuro así, y perdonen si soy demasiado gráfico: como si estos poemas le diesen a la lengua, carcelaria, hipócrita, racista, una buena dosis de su propia medicina. Sí: son poemas que envenenan de sinceridad la lengua, y lo hacen, para mejor, con las mismas palabras con que la lengua suele envenenar de mentira y falsedad al mundo que ella nombra.
Arte poética (34)

Que todo se sacuda en vos
como el fondo con tierra
de un tarro sucio.

Que se enturbie el agua
que el poema
sea la vieja del agua
que chupa la mugre.
A quienes preferimos no salir ilesos de una lectura, este poemario nos plantea una serie de interrogantes de orden vital: ¿qué hacer cuando no nos reconocemos en el mundo en que nos movemos?, ¿cómo salvar esa peculiar escisión?, ¿puede bastarnos la rebeldía? También, y fundamentalmente, estos poemas se preguntan por la labor poética misma: ¿por qué la poesía?, ¿por qué escribir hoy poesía?, ¿por qué no más bien la nada, o sea, el silencio, o en todo caso, la resignación?
A lo largo del libro, el sujeto lírico, o imaginario, como oí que se le llama también, ensaya, prioritariamente, una reconciliación en este sentido; en el texto “La ventana” (10), por ejemplo, que cuestiona los límites entre mundos posibles: Una gota salpica el vidrio.// Si lloviera a cántaros/ me gustaría salir a mojarme toda.// Pero mi piel es de aceite/ y no hay gota o tormenta/ que la vuelva permeable. Todo/ me resbala.// Por eso me quedo/ detrás de la ventana./ La madera, el vidrio y la cortina blanca/ marcan/ claramente/ los límites/ de lo posible.
Como dije más arriba, creo que esta nueva obra de Paula lleva la marca de una clara consciencia de los límites. Y un poema, me parece, se encuentra siempre, necesariamente, entre límites; según el modo como se la use, según lo que se haga con ella, una palabra puede significar posibilidad o imposibilidad: en el límite entre negar y afirmar se hace la poesía, terreno inestable si los hay, pero que, al igual que hace un cajón, contiene y se ofrece.
Termino con este poema, que considero esencial para entender por qué un cajón, por qué de manzanas podridas, en una palabra, por qué, a pesar de todo ―a pesar del mundo de las voces de los otros―, la poesía. Diría que es, pero quizás esto no signifique nada realmente, todo un manifiesto:
Aprendiz (31)

Hay en mi pasado
gestos de mujeres que admiraba.
Mi memoria las guarda
no sé bien para qué.

Siempre fui una discípula lela
medio manca
medio renga
siempre torpe.

Ellas me enseñaban cosas
porque eran buenas y a mí
me costaba aprender.

Ellas
me abandonaron cuando aprendí.


Pablo Serr
Rosario, 13.11.2016.

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