domingo, 27 de junio de 2021
sábado, 26 de junio de 2021
Somos noticia con Atwood y Le Guin
Ciencia ficción feminista. Desembarco en el mercado editorial
La adaptación a novela gráfica de El cuento de la criada y la reedición de La mano izquierda de la oscuridad de Ursula Le Guin, entre otras, son parte del fenómeno
La reedición de dos libros esenciales para el desarrollo del pensamiento feminista La mano izquierda de la oscuridad, de Ursula Le Guin y El cuento de la criada, de Margaret Atwood, invita a revisar una vez más la productividad de la ciencia ficción para pensar ciertos aspectos del funcionamiento de la sociedad y, particularmente, de las cuestiones de género.
En los últimos años, muchas discusiones propiciadas por los movimientos feministas lograron instalarse en el centro de la agenda política y periodística, llamando la atención sobre el crecimiento de los femicidios, la violencia obstétrica o el uso del lenguaje inclusivo. Sin embargo, para que estos temas pudieran adquirir visibilidad pública, fueron necesarios años de trabajo académico y lucha política y que, sobre todo desde los años ’70, recibieron el acompañamiento de las ficciones como un aliado ideal.
La aparición de un libro como La mano izquierda de la oscuridad –que este mes vuelve a ser publicado por Minotauro– produjo una fuerte conmoción en el ámbito literario por los interrogantes que abría con respecto a las identidades de género. El planeta Gueden que imagina Le Guin se encuentra habitado por personas que carecen de sexo definido y pasan por fases de dominancia masculina o femenina según decidan en cada momento. El carácter profético de esta propuesta -que hoy en día se encuentra plasmada en lo que conocemos como género fluido- resultó tan pregnante que llegó incluso a eclipsar las virtudes narrativas de una novela plagada de escenas memorables y de un virtuosismo poco común para las descripciones.
Algo similar sucedió con la publicación de la novela de Margaret Atwood, El cuento de la criada, que a mediados de los años ’80 volvió a poner la maternidad en el centro de la discusión. Esta temática que durante un tiempo había sido relegada por los feminismos antimaternalistas, vuelve con fuerza a través de un universo distópico donde las mujeres son forzadas a tener hijos para entregárselos a familias de clase alta que no pueden procrear. La potencia visual de esta historia impulsó la creación de una serie televisiva que ya va por la cuarta temporada y la novela gráfica que Salamandra Graphic publicó hace unos meses. Adaptada e ilustrada por la dibujante canadiense Renée Nault, la historia original se potencia con planos que refuerzan la idea de encierro y control social y una paleta cromática que genera climas y sensaciones diversas.
El carácter visual constituye una búsqueda creciente en el mundo de la ciencia ficción feminista. En este punto son interesantes los casos de las editoriales independientes, Hotel de las Ideas y Feminismo Gráfico, que desde hace unos años vienen trabajando en este campo. Con la publicación de Intensa, de Sol Otero y Alienígena, de Femimutancia, se abre un camino en el ámbito local para la investigación sobre las identidades sexuales y de género haciendo uso de los recursos específicos de la historieta. “La novela gráfica tiene la posibilidad de apropiarse y combinar distintos lenguajes y códigos, por ejemplo, los ángulos y planos cinematográficos, las tradiciones de las artes o el ritmo del videoclip y el zapping televisivo. Todo esto hace que el lenguaje de la historieta permita construir un relato identitario multidimensional. Tiene mucho potencial para narrar algo tan complejo como la identidad en la que el yo, además de ser una construcción de un sujeto individual, está condicionado por la clase, el género, la orientación sexual, la etnia y el color de piel. Y todo eso también en juego con la mirada de la alteridad”, afirma Mariela Acevedo, una de las responsables de la editorial Feminismo Gráfico.
Por ese camino transita Banzai, el tercer libro de Julia Inés Mamone (Femimutancia). En esta novela gráfica publicada por Feminismo Gráfico, Jules vuelca las experiencias personales que vivió en el proceso de transición hacia el género no binario pero filtrándolas con una estética visual extrañada que bordea el surrealismo. De ahí que los sueños extravagantes que tiene la protagonista o los vitrales de un café antiguo puedan decir más sobre sus procesos identitarios que el guión propiamente dicho.
Otra prueba de la vitalidad del género la encontramos en las últimas publicaciones de la editorial Ayarmanot, dirigida por la escritora de Laura Ponce. Con El fin de la era farmocopornográfica, de Paula Irupé Salmoiraghi y Siamesas, de María Belén Aguirre –ganador del premio del Fondo Nacional de las Artes 2020–, la autora de Cosmografía profunda apuesta a la poesía como modo privilegiado de ponerse en contacto con historias y sensaciones que se corren de la realidad de todos los días. “Creo en la necesidad de textos mutantes e híbridos, en recuperar la potencia metafórica del lenguaje para pensar de nuevo la realidad, en formas emancipadoras del decir para otro modo de habitar el mundo y de construir el futuro -explica Ponce-. El libro de poemas de Salmoiraghi es ciencia ficción clásica en su vertiente utópica, es decir, la que piensa modos deseables del futuro. Además, como es una utopía feminista, piensa un futuro no patriarcal, libre de capitalismo, la posibilidad para toda la humanidad de volver a empezar. La utopía es un no-lugar, pero nos habita bajo la forma del deseo. Este libro habla de ese deseo”, concluye.
lunes, 21 de junio de 2021
Su propia existencia y sus manifiestos internos
Reseña en Proyeco Synco
Los finales posibles

Lectura de El fin de la era farmacopornográfica de Paula Irupé Salmoiraghi (Ayarmanot, 2021)
// Por Lucía Vazquez
El fin de la era farmacopornográfica de Paula Irupé Salmoiraghi fue publicado recientemente por ediciones Ayarmanot. El poemario cienciaficcional es en sí mismo un gesto utópico: su propia existencia y sus manifiestos internos intentan imaginar otros finales posibles que den a su vez posibilidad a otros comienzos. El no-lugar de la utopía se construye en un no-libro de poesía de ciencia ficción, porque si hacemos caso a lo que se estuvo diciendo el año pasado, el poemario de Salmoiraghi no debería existir.
El libro de poemas se incrusta en una coordenada espacio-temporal muy precisa. Es a la luz de los primeros meses de la pandemia y de las polémicas originadas por la edición literaria de género del Premio del Fondo Nacional de las Artes que el poemario es posible, se materializa. Si no hubiéramos “descubierto” el año pasado que existe tal cosa como la poesía de ciencia ficción quizá no estaría llegando a nuestras manos ávidas de lo nuevo este libro que afirma un fin en su título pero que constituye sin dudas un deseo de comienzo. A menudo pensamos el apocalipsis como el fin de todo lo conocido y surgen los imaginarios postapocalípticos en los que nuestro cinismo muchas veces se siente cómodo y a gusto. Pero qué sucede cuando el apocalipsis es leído como fin de los tiempos conocidos y anuncio de los que vendrán. La apuesta genérica, el riesgo que corre la edición en este sentido es doble, no solo se afirma como poesía de ciencia ficción, un híbrido difícil de pensar para los fundamentalistas genéricos, sino como utopía. Utopía con mayúscula, a la manera de Moro, El fin de la era farmacopornográfica es el relato en verso de un espacio y tiempo en la futuridad cercana –de acá a solo diez años– del planeta Tierra, cuyo aire se ha vuelto irrespirable y ha expulsado a la humanidad a su órbita, en la que flota apaciblemente esperando el regreso. Es ahí, en el espacio, esa especie de no-lugar (no al menos la Tierra) que es posible el relato del yo poético sobre el fin del patriarcado, del sexismo, del clasismo, del trabajo, del dinero.

Desestimando con gesto irreverente la afirmación escuchada hasta el hartazgo sobre la imposibilidad de imaginar el fin del capitalismo, el yo poético afirma una y otra vez un futuro en el que la humanidad, llevada a su límite, ha podido superar esa era. La vida en la órbita es la vida del fin en los términos gestantes de nuevos modos de vínculos, de familia, de amistad, incluso de poéticas. No hay extinción, en la nave perduran los libros que lxs humanxs han llevado consigo, las voces poético-femeninas guían al yo en un recorrido que no carece de tensión. El pasado de vegetación y animales añorados se mezcla en los vaivenes de la voz poética con las afirmaciones cerradas sobre un futuro estrictamente utópico: “eliminamos los países, el dinero y la propiedad privada” (“La tierra sigue alimentándonos”). La voz del yo, identificada con lo gestante y lo materno, madre de tres hijos y a punto de parir un cuarto insinúa a lo largo de los poemas que otra forma de familia es posible. O, al menos, eso es lo que desea profundamente.
Pero si la utopía es un no-lugar y aquí el espacio se configura como órbita, como flotación a debida distancia de la Tierra arrasada por la propia humanidad, el tiempo lírico también se vuelve un no-tiempo en el que confluyen posibilidades, recuerdos y aserciones. “Acá en el futuro” (en “Poemas cervantinas”) se ubica el yo, como si el tiempo pudiera ser un espacio a habitar y el futuro el único que queda cuando pasado y presente han fracasado en términos de progreso, de mandatos, de modos de vinculación social. Pero al yo poético no le es fácil quedarse en ese futuro que se le vuelve lejano por momentos: “nuestro heteronormativo futuro dejará de ser farmacopornográfico” (en “Todes somos mamíferos por ahora”). Al mismo tiempo el yo deduce y afirma fines como la caída efectiva del patriarcado y se ubica en un presente que aún no se desancla del nuestro “Estamos frente a un nuevo tipo de capitalismo” (en “La era farmacopornográfica”). Porque “acá en el futuro” el yo aún está también en su pasado reciente y si bien es utópica su voz no puede desligarse del todo de la temible profecía acerca de la imposibilidad de imaginar otro futuro. Hay cambios, por supuesto, pero aún pareciera quedar trabajo por hacer. Es ese el trabajo que realiza la voz poética a través de las páginas, la tarea que se da en la búsqueda doble de un nuevo lenguaje (por ejemplo, en el uso del lenguaje no binario o el rescate de muchos giros rioplatenses) y una herencia definitiva de autorxs, poetxs, críticxs entre lxs que tenemos a Mary Shelley, Paul Preciado, Donna Haraway, Olga Orozco.
Tensionada y deseante, tironeada por el pasado y el futuro, la voz habla directamente a lectorxs cuando se transparenta contemporánea, presente. Cuando habla de los “conurbaners africanizades” evoca los dichos recientes por el “periodista” de La nación, cuando imagina a los animales ocupando libres los espacios públicos evoca los videos que circulaban al comienzo de las cuarentenas mundiales en el inicio de la pandemia, hasta hay un poema “dedicado” a la polémica 2020 sobre la libre circulación de PDF. El futuro que imagina este poemario es muy cercano, a solo diez años de la legalización del aborto, cómo en tan poco tiempo la humanidad se deshizo de todos sus males y se decidió por la cooperación mundial para organizar el exilio no lo sabemos. Así como las causas del apocalipsis son muchas veces en nuestra literatura indecibles o simplemente no-sabidas, aquí en vez de cómo sucedió el desastre no se sabe cómo dejó de suceder. Las referencias teóricas que llenan varios versos del libro son sin dudas una posible respuesta pero el juego utópico se basta a sí mismo, de manera infantil, connotando positivamente el adjetivo que el adultocentrismo a veces usa de manera negativa.
“El futuro es un lugar” afirma el yo en uno de los últimos poemas del libro (“Acá no pueden hacerme daño”) y en esa misma afirmación hay una propuesta, una posible forma de habitarlo. Como varias autoras del género vienen diciendo, se hace necesario imaginar qué futuros queremos, cuáles somos capaces de construir pero, sobre todo, cuáles somos capaces de desear. Y el fin es preciso para que haya un comienzo, como anticipa el último poema “Trabajo de parto”, en el que la voz poética se recuerda a sí misma que ha sobrevivido, y volverá a hacerlo.
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(La imagen de portada una cianotipia de Magdalena Olivera)