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viernes, 13 de octubre de 2023

Canto rodado

 Canto rodado


Mi mamá era arquitecta pero no era

feliz.

Tenía cinco hijes pero no

había querido ser madre.

Yo era la mayor, la que

le impuso el título y la 

seguidilla, une por año casi.

Mi mamá se quejada de que

el corralón no entregaba a tiempo

los materiales, a mí

solamente me importaba

el canto rodado.

Canto rodado, canto

rodado, rodado, yo

no sabía a los 4 o 5 años

de dónde venían ni las piedritas ni el nombre sonoro

pero sabía elegirlas y jugar

sin metérmelas a la boca como

los mocosos.


Luego un tiempo de pensar en el río,

en el agua y su poder de roer y llevar y traer

en el tiempo.

Luego fui madre y feliz y a ella

le gustaron bastante sus nietes mientras

no le dijeran abuela.


Hace años que ella murió y el canto rodado

fue reemplazado en las construcciones

por piedritas grises, opacas, todas iguales,

sin redondeces ni recuerdos

fluviales.


Ahora

haciendo pozos en la casa que me compré

con la herencia que me dejó, 

hundiendo mis manos viejas en la tierra

para llenar los baldes rotos y los tachitos

que uso como macetas

encuentro los antiguos brillos de bordes pulidos.


Las lavo, las vuelvo a acunar,

las pongo en los repechos de mis ventanas

y en los estantes de mi cocina. Me dan ganas

de saborearlas.

lunes, 4 de noviembre de 2019

Les pobres lluvioses

Nos tiembla el miedo bajo el paraguas.
No sabemos
ver lo poético en el agua
que cae y trae truenos.
Nos ha enamorado el río que es agua encausada.
Nos ha enamorado el sol 
que no autoriza 
les amores binaries.


Pau Irupé,  le lluviose.  Hoy.

miércoles, 2 de enero de 2019

2 de enero

Inicio el año escribiendo un poema en el amarillento libro de actas con el que ando de anotador hace un tiempito. Es sobre barcos y camalotes y le anoto a un costado "Para novela del diccionario".

jueves, 3 de marzo de 2016

Aguas peligrosas

EL MONSTRUO DE PUERTO MELENA


PAULA IRUPÉ SALMOIRAGHI



Ahí está la que tiene
los pies agarrados al fondo del río.
Intenta salir a veces y se arrastra
para trepar las barrancas.
Deja tras de sí pequeños montículos
de materia amarronada:
piel, excrementos, sillas rotas,
hojas muertas,
piñas pintadas de dorado,
espinas falsas de rosas de plástico,
abanicos de pinochas, palabras
muertas,
gritos ahogados, sogas, anclas, marineros
de agua dulce, tablones
podridos, tablitas
de asado,
el ruedo
de un vestido blanco.

Nunca logra ir muy lejos.

Pero no le importa. El lecho
del río es enorme y está bien
para ella.
Solamente intenta
salir por curiosidad, le gusta
su condición anfibia
e inexplicable. Se alimenta
con historias escuchadas en la orilla,
cuentos
de sirenas sin cabellera,
madres lloronas y otros
monstruos atormentados.

No despegarse del río no es
del todo malo.
Acarrear
un cuerpo indefinido y múltiple
no es la muerte de nadie.
¿Qué importa que no alcancen las palabras
cuando ninguna
definición lingüística nos conformaría?
¿Qué importa que no haya
retrato posible de nosotras
si nadie creería en nuestra existencia
aunque se le mostraran quinientas
fotos panorámicas?
No está mal la humedad que resuma y rebrota
ni la confusión
de todos los elementos.
Nadie se queja por el pelo sucio
y las uñas
sin pintar.
Y a fin de cuentas:
¿Qué importa que te vayas
si ha quedado tanto tuyo
acá enredado
entre los camalotes?

Siempre habrá quien lance
palitos al agua, botellas con mensajes, mugre,
secretos vergonzosos y ratas muertas.
Siempre habrá un cartel
tembloroso
que advierta a los incautos y nos dé consistencia:
“Aguas peligrosas” y tu miedo
seguro de encontrar
algo algo algo
en el barro.