De la obligación de hacer algo útil.
Del miedo a que mis perros
se vayan a la calle.
Del pánico a que mueran
de sed mis rosales.
(Ahora que se acaba de largar)
De la obligación de hacer algo útil.
Del miedo a que mis perros
se vayan a la calle.
Del pánico a que mueran
de sed mis rosales.
(Ahora que se acaba de largar)
De repente una tristeza
me entra por el filtro del cigarrillo.
Para qué mierda fumaré
si lo único que me da es dolor de cabeza.
Y me pongo como loca como loca
a buscar por ahí una alegría.
Encuentro muchas
en racimo, en rebrote, en piar,
en ojos, en patitas, en muros pintados.
Las hago poema para que
no se me alejen.
(Hoy. Recién. Ahora. Caliente. Sin revisar)
Y el orgullo y la alegría de esta comunidad de poetas a la que pertenezco desde 2016 cuando se publicó por Baltasara mi segundo libro: El cajón de las manzanas podridas.
Mi Simone poeta fue leída. Fue elegida no sé entre cuantos libros de poesía. Eso me emociona un montón. Aunque no haya llegado a los 10 finalistas, estar entre los 18 preseleccionados me dice que a alguien más le resultó bello y/o interesante este libro que escribí tan extrañamente, tan extrañada de mí misma, todo a mano en dos cuadernos rayados durante un año de lectura en francés de La force de l'âge, el segundo tomo de la autobiografía de Simone de Beauvoir.
Me alegra un montón saber que es un libro que existe como libro, que ya fue tomado como unidad, como objeto. Yo que tanto dudé de mi "derecho" y mi capacidad para tomar la voz y las palabras de la máxima filósofa francesa que conozco y hacer con sus notas de vidas "piedritas" engarzadas por mi mano.
Seguiremos buscando editorial.
Hola, hola. Si estás ahí es que sos de les míes: les que huimos de las "redes sociales" autodefinidas redes y autodefinidas sociales pero que ni forman red, ni sociabilizan, ni dan sociedad, ni dan sustento, llenas de agujeros y nudos repetidos, llenas de compras y ventas, de cosas que desaparecen a las 24 hs y son lo más ahora y no existen mañana.
Ser poeta que bloguea es para mí la maravilla. No tan secreta como en papel y cuadernos en cajones, no tan pública como gediendo a les amigues y noamigues en el caralibro patético, no tan decidida a la posteridad como en libro con sello editorial independiente.
Este 2026 quiere ser más novelista que poeta, pero es porque poeta ya no hay discusión de que una lo es. Y novelista todavía hay que hacer fuerza. Pensá en mí, queride bloguer, durante enero que tengo cositas concursando.
Obsolescencia de las máquinas de cortar el cesped
Paula Irupé Salmoiraghi
Ya no cortamos el pasto.
Pertenecen al museo las máquinas
podadoras: las manuales que giraban como trompos de cuchillas,
las eléctricas con alargues que se enredaban,
las a nafta porque ya no más combustibles fósiles,
las que aullaban
mientras dejaban tras de sí la prolijidad
de los suelos pelados.
Hemos aprendido a valorar la caricia
del yuyo que crece a su aire,
que roza nuestras rodillas, nuestros tobillos, quiźas
hasta los muslos, con suerte
acunadores de pasos y siestas verdes.
Festejamos la zarza y la menta,
la carne gorda que florece, el trébol
de tres o cuatro hojas, las abejeras,
las mariposeras, las campanitas blancas
que se descubren una mañana y al otro día
se han transformado en otra cosa,
las rocío, las lágrimas de San Lucía,
los malvones alocados, las enredaderas
de trompetas violetas que antes
solo dejábamos cubrir los alambrados del tren.
Hay unas hermosas cubresuelo que dan
frutillas rojas y amarillas que comen
los cascarudos, los mamboretás, dejamos
que el agua se encharque y nos destruya
las horribles ruinas de cemento y asfalto,
somos: les rebrotades, les felices verdes.
Ahora sabemos no mutilar ni dirigir.
Lo salvaje es hermoso porque crece
porque sí y donde quiere.
Ya no “tenemos” jardines: la pradera
y el humedal nos dejan habitarles.
Somos mariposa y colibrí,
somos zorzal que busca lombrices
debajo del compost, de la higuerilla,
del palam palam y la mburucuyá, venteveo
que lleva y trae semillas y agua, paloma
que aletea como gallina pero no cacarea.
Ya empecé a acumular poemas como quien no quiere la cosa: 32 páginas ya. Se llama El comienzo de la era anarkofeminista.
Otro libro
Anoche soñé que mi mamá me decía:
"¿Vos estás por sacar otro libro?"
Usaba el mismo tono de reproche,
forma sintáctica amenazadora con que,
hace 25 años, me dijo:
"¿Vos estás embarazada otra vez?"
No me mirarme la panza en esta ocasión,
pero aclaraba:
"Me enteré por las redes sociales".
Y yo,
como disculpas,
le decía:
"Sí, te lo iba a mostrar cuando estuviera listo."
En el sueño no se sabía
si ella estaba viva para estas fechas
o si hay redes sociales donde les muertes
participan activamente.
La explicación realista
Anoche soñé que estaba en mi casa
(una casa mía que no era ésta)
y entraba una nube de humo
espeso, gris, gordo,
que desplazaba y carcomía
todo a su paso.
Mis hijos e hija corrían
y salíamos de la habitación en la que estábamos
(la mía).
Yo pensaba en salvar mis libros,
lloraba porque no podía
llevármelos para que el pegote ése
no los deshiciera,
pensaba
en salvar mis ediciones del Quijote y de
El señor de los anillos.
No podía,
salía
y cerraba la puerta detrás de mí.
Con el cuco encerrado,
llamaba a mi hermana.
Mi hermana le avisaba a mi mamá
que yo estaba en problemas y mi vieja,
que estaba normalmente viva y normalmente
dispuesta a ayudar con algo de crítica destructiva,
venía y, con mucha decisión operativa,
abría la puerta de mi pieza
Para ver qué había pasado.
Yo pensaba si iba a creer
en la explicación fantástica
(hay un monstruo en mi pieza)
y cuando entráramos
todo sería una masacre,
o en la explicación racional
(algo estaba roto y se arreglaría).
Tenía en la cabeza
la teoría de los dos finales posibles
del cuento fantástico. Mi vieja, no.
Entonces veía
que mis libros estaban todos ahí,
intactos,
rodeados de un poco de humito.
En escena aparte,
el electricista me decía,
delante de la mirada reprobatoria de mi vieja
y de una amiga nueva
que hice la semana pasada en el gym,
que no tengo que poner tantos enchufes
en el mismo toma corriente,
que tengo que limpiar más seguido
porque la mugre había producido
un cortocirtuito.
Mi amiga nueva me decía
que tengo que trabajar menos,
trabajar menos,
trabajar menos...
Y yo me preguntaba cómo, cómo, cómo...