A mi abuela Celia le pasó algo.
Que nunca sabremos cómo fue.
Que ella nunca contó ni quería
recordar.
Decía que su vida había empezado
cuando se casó. O eso
decía mi mamá que mi abuela decía.
Yo no sé nada. Tenía yo
diez años cuando mi abuela murió.
Así que me lo invento todo.
Todo me lo invento:
la historia, les protagonistas,
los amores, los dolores, las reparaciones,
los peligros, los rencores, los perdones.
Primero fingí que eran cartas,
que había un viaje, una bitácora,
un largo poema que abarcaba una vida,
una novela melodramática,
varios poemas con las líneas
que mejor me sonaban de esa mala
novela realista.
Después vino la hipótesis CF y las memorias
celulares de las cuerpas y los papeles,
de las tintas y las máquinas corporales del tiempo.
Mi novela mutante, mi novela
con protagonista novelista y sin mi nombre.
Después vino otro cuento.
Uno lineal y redondo a la vez,
uno que retomara y explicara
porque nada puedo explicar
ni retomar sin redundar y reverberar.
Y finalmente este poema,
este mismito que ya se termina.
Estos versos
que se autofestejan y saben
que nada concluye porque todo
está siempre siempre empezando y creciendo.
Paula Irupé Salmoiraghi
Hoy-ahora.



















